Al igual que sucede con otros productos alimentarios, la exportación está "salvando" la gran atonía que viene observándose en el consumo interno. Y esto ocurre también en el sector de ganado porcino (carne y subproductos).
Los precios de la leche de vaca deberían subir en el último trimestre del año y tratar de acercarse a los que se observan en los países del Norte de la Unión Europea.
Poco a poco van abriéndose camino las alternativas válidas y rentables que buscan eliminar intermediarios en la cadena de valor de los alimentos, con el fin de que la relación entre el campo y la mesa, entre quien produce y quien come, sea lo más directa posible, eliminando intermediarios que, en muchas ocasiones, lo único que hacen es encarecer el precio final de los productos.
A falta de conocer los resultados finales de la campaña de la fruta de hueso o de verano, puede afirmarse ya en los primeros compases de septiembre que ésta será de las que no se olviden fácilmente o, como dirían algunos, de las que, cuando pase, será mejor olvidarse cuanto antes.
Casi al mismo tiempo que el grupo del G-20 acordaba un Plan de acción para luchar contra la volatilidad de los precios agrícolas, cuyo concreción y desarrollo habrá que seguir atentamente en los próximos meses, otro grupo, el G-120, integrado por las organizaciones agrarias de 60 países de África, América, Asia y Europa, en representación de millones de agricultores del mundo entero, hacía un "llamamiento a la coherencia", adoptando una declaración común al respecto.
A pesar de la extensa riqueza léxica y semántica que tiene nuestro idioma español, ha tenido que venir un francés, en este caso, el ministro de Agricultura, Bruno Le Maire, para dar con el término apropiado con el que definir lo que ha sido y es toda la gestión de la crisis de seguridad alimentaria, causada por el brote bacteriano tóxico del E.coli en Alemania.
Se comentó ya la pasada semana, que sean cuales sean las medidas de apoyo que se adopten para el sector hortofrutícola español por la "crisis del pepino", éstas serán insuficientes para compensar al 100% el daño que se ha hecho ya a la imagen y a la confianza de los consumidores en nuestras frutas y hortalizas.
Se afianzan los problemas climáticos en el Hemisferio Norte. A este lado del Atlántico, a los ya consabidos de ausencia de lluvias y altas temperaturas que asolan el norte del Viejo Continente, se suman ahora estos mismos pronósticos de sequía en el Valle del Volga. Y ya sabemos cómo se las gastan los gobernantes rusos: ante la amenaza de falta de abastecimiento de grano en su mercado interno, cierran el grifo (léase sus fronteras) caiga quien caiga (léase países más pobres y aquellos con mayores riesgos inflacionistas). En EE.UU., los contratiempos, siendo otros, no son menos importantes: mientras allí las inundaciones siguen retrasando considerablemente las siembras de los llamados cultivos de primavera (maíz y soja), las variedades USA de trigos de invierno tampoco presentan un estado todo lo bueno que sería deseable.
¿Qué es lo que desea un proveedor, en este caso de alimentos o materias primas agroalimentarias, en sus relaciones comerciales? Pues que éstas, además de ajustarse a un precio de compraventa aceptable, sean estables y transparentes.
Si nada lo impide, este viernes 20 de mayo el Consejo de Ministros tenía previsto analizar y previsiblemente aprobar el anteproyecto de Ley de Distribución Comercial, impulsada por el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, para mediar en la resolución de conflictos en el mundo del motor, entre los fabricantes de vehículos y los concesionarios que distribuyen los mismos.
Se mire por donde se mire. La avería gorda de la cadena de valor agroalimentaria es de transmisión. No hay que darle más vueltas al asunto. Y su reparación, casi imposible tal y como están y vienen dadas las cosas, cuesta un pico. La cadena viene patinando desde hace varios años y los distintos eslabones no terminan de engranarse entre sí. A este paso, nos la estamos cargando por entero, empezando por el eslabón más débil, que es el sector productor, pero no solo, pues es el que soporta casi todo el peso de los problemas del resto.
La cosa parece que va en serio. La segunda década del siglo XXI viene caracterizándose por que todo lo que se mueva o todo lo que permanezca en su sitio en el planeta Tierra debe ser obligatoria y legalmente sostenible o sustentable, si no es que no tiene futuro.
Desconocemos cuánto durará el interés informativo sobre la petición planetaria de que se adopten medidas para evitar la especulación y la excesiva volatilidad de los mercados de materias primas alimentarias.